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Pablo Lorente

El papel en blanco

Uno de los últimos y más llamativos argumentos en favor de los políticos es el del señor presidente a mediados de abril. Rajoy, en un mitin en algún sitio, comentaba que los políticos de su partido estaban más preparados que los otros, que tenían más experiencia y que, finalmente, el país no estaba para “amateurismos”.

Independientemente de que nos guste más o menos la palabra, en líneas generales, todo da un poquito de pena. Y lo que nos queda, porque en nada nos veremos inmersos en unas nuevas elecciones que la verdad, a mí por lo menos y a fecha de hoy, me dan más pereza que otra cosa.

Da la impresión de que Rajoy defiende que sus muchachos son los mejores porque llevan un montón de tiempo haciendo lo mismo, tienen mucha experiencia. No me parece mal, creo que lo de la política es un ejercicio complejo, basta con leer un rato el BOE para confirmarlo porque a duras penas se entiende algo. Aunque a lo mejor no es así y puestos a imaginar, a ficcionar, resulta que los está preparando para aprobar las oposiciones a político. ¿Se imaginan un mundo en el que los alcaldes, concejales, asesores, consejeros etc. tuvieran que aprobar unas oposiciones según sus méritos y su valía? Lo mismo sería poco democrático, vaya uno a saber.

Pero claro, entonces no habría política, habría gestión, que es otra cosa bien distinta, por mucho que ahora muchos políticos quieran pasar por gestores de crisis económicas, bélicas y todas esas cosas.

Un gestor manejaría los recursos disponibles para hacer el bien común —parece una buena definición de “Política”—, independientemente de las ideologías de cada cual, o mejor todavía y si esto es posible, sin ideología. Los gestores serían meros funcionarios que velarían por cumplir esta magna y conspicua tarea. Y… ¡anda! Resulta que los funcionarios ya están ahí, es más, están siempre ahí. Me imagino que cuando el consejero o alto cargo de turno toma posesión de su nuevo estatus querrá reunirse con el saliente. Me imagino (como conversación verosímil) que el saliente le diga, simplemente y con mucha razón: “Habla con la funcionaria X, es la que mejor sabe cómo va esto”.

Pero esto no sería política, porque resulta que los políticos —sabiamente elegidos por una letrada e ilustrada población que ha leído con interés los programas políticos que se cumplirán al pie de la letra—, los políticos, como decía, deben gestionar lo que no existe, por ejemplo, el dinero que se debe, el que se pide, el que se presta y aunarlo con las ideologías que se suponen a cada partido.

Si nos hemos creído que con poner un papel en una urna hacemos algo, ¿por qué no confiar también en los políticos que elegimos?

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